Por Juan Manuel López
Lo ocurrido hoy en una cancha de nuestra Liga Paranaense de Fútbol no puede pasar inadvertido. Un futbolista agredió a un árbitro, y aunque a simple vista parezca un hecho aislado o una reacción del momento, lo cierto es que se trata de algo mucho más profundo.
Cada golpe, cada insulto, cada falta de respeto dentro de una cancha trasciende a los protagonistas directos. No se trata solo de una disputa entre un jugador y un juez. Es una herida que alcanza a todos los que, con esfuerzo y pasión, sostenemos día a día el fútbol de nuestra ciudad.
La agresión a un árbitro es también una agresión a los dirigentes que dedican horas sin cobrar un peso para que la pelota siga rodando; a los entrenadores y colaboradores que trabajan con vocación formativa; a los periodistas que cubren con profesionalismo la actividad local; y, sobre todo, a los propios jugadores que entienden que el respeto es parte del juego.
El fútbol paranaense no necesita de la violencia para ser protagonista. Necesita compromiso, educación y valores. El fair play no es un eslogan: es una forma de construir una liga más grande, más sana y más respetada.
Por eso, repudiar este tipo de hechos no es un gesto formal, sino una obligación moral. Porque cuando se agrede a uno, se lastima a todos. Y porque solo entendiendo eso, el fútbol que amamos podrá seguir siendo lo que debe ser: una pasión que une, no que destruye.
